Otro cuento de Navidad

Era la víspera de Nochebuena y el reloj marcaba algo más de las 12 cuando partió de Málaga rumbo a Madrid. Iba cargado con los regalos que repartiría la noche siguiente, como cada Navidad.

El tráfico era intenso, muy habitual en esas fechas. Conducía con prisa, ya que tenía ganas de llegar a su destino, pero tanto vehículo se lo impedía.

Al alcanzar el primer túnel se encontró, de repente, con que todos los coches estaban parados; y frenó en seco para no chocar. Pero la frenada no fue suficiente para conseguir detenerse, así que giró el volante hacia la izquierda con todas sus fuerzas, se subió al bordillo que había en el lateral del túnel y finalmente se detuvo.

Fueros unos segundos aterradores que requirieron de otros tantos para tomar otra vez aliento, aderezados con un humo agrio con sabor a goma quemada.

De repente todo empezó a moverse de nuevo. Seguía abrumado por la situación y no se detuvo a pensar si necesitaba pedir ayuda.

Giro la llave de contacto y esbozó un ligera sonrisa al notar que el motor arrancaba. Descendió del bordillo con cuidado y prosiguió su marcha. Había pinchado, eso estaba claro, y un un sonido de metal girando lo acompañaba.

Y manejo durante 4 largos kilómetros.

De repente lo vió: un enorme cartel que avisaba de un desvío a Casabermeja. Y lo tomó.

Respiró hondo con la esperanza de encontrar a alguien que le pudiera ayudar.

Debía de ser su día de suerte porque en la primera curva se topó con un taller de chapa y pintura que reparaba ambulancias. Y se detuvo.

Bajó del auto y entró en la nave esperando comprobar que seguía siendo su día. Entonces entonó:

– Hola,¿hay alguien que atienda?

Y esperó respuesta.

Tras unos minutos, aparecieron dos extraños individuos respondiendo con pausa y al unísono

– Sí, buenas tardes, ¿que quería?

Como aún estaba algo tembloroso, contestó apresuradamente:

-Pues… -titubeó tratando de disimular su nerviosismo-, he tenido un percance hace un rato y necesitaría que me arreglaran la rueda…

Acto seguido los tres se dirigieron al auto.

Se pararon de pié, al lado del vehículo, y tras un minucioso análisis de los daños, que precisó de 10 largos minutos manteniendo postura erguida y manos cruzadas detrás de la espalda, concluyeron al tiempo

-La llanta izquierda está abollada y habrá que cambiarla

Entonces preguntó:

– ¿tienen ustedes llantas?

Tras la extraña pregunta ambos hombres primero se miraron para después responder:

– No tenemos llantas, pero podemos ir a Anchuelo a por una si quiere.

Una sensación de alivió le recorrió el cuerpo, y se apresuró a decir:

– Sí, por supuesto, vayan a por una llanta para cambiarla. ¿Van a tardar mucho?

De nuevo se volvieron a mirar antes de responder:

– Bueno pues se tarda más o menos una hora en ir, más media hora para recogerla y otra hora para volver, así que calcule.

Sin querer perder un minuto más enunció

– Esta bien, esta bien. Vayan a por la llanta. ¿Dónde dejo el coche?

– Métalo aquiadentro de la nave.

Y después de dejar el auto dónde le habían indicado y entregarles las llaves, preguntó dónde podía tomar un café y se puso rumbo al mismo.

Dos horas y media dan para muchos cafés, y para muchos cigarrillos, y hasta para hacer alguna que otra compra de gasolinera. Pero pasaron. Y se puso en marcha de regreso al taller.

Cuando llegó comprobó que el coche estaba subido en el gato y que los dos hombres se encontraban cambiando la llanta.

Y se sentó fuera del taller a esperar.

Pasó otra media hora y volvió a entrar con cara de circunstancia a preguntar:

-¿Está todo arreglado? ¿Cambiaron la rueda? A ver si puedo marcharme pronto…

Tras un silencio, aún por entender, se escuchó:

– La llanta ya la cambiamos. Pero la rueda está pinchada.

La paciencia empezaba a echarse en falta

– Bien, pues entonces cambien la rueda.

Los dos mecánicos se miraron antes de responder sin entusiasmo

– Es que no tenemos ruedas. Tendríamos que ir a por una.

-Pues bien,-se escuchó apresuradamente- vayan a por una rueda.

Y el silencio se hizo otra vez. Finalmente se oyó

– Es que hay que ir a Anchuelo a por una.

En ese momento un sentimiento nada navideño lo invadió; y necesitó de algo de tiempo para reponerse.

Resignado, entonó

– Bien, pues por favor vayan a Anchuelo a por la rueda.

Y se sentó, nuevamente, a esperar.

Todo pasa y todo queda, sobre todo si es tu día de suerte, así pues tras tres horas más el coche estuvo finalmente arreglado. Pagó la dispendiosa cuenta, les entregó el aguinaldo y agradeciéndoles abandonó el lugar.

Y siempre lo recordó.

Foto cabecera, fuente:

http://www.ayto-casabermeja.com/autovia_entrada_casabermeja_desde_malaga_jjlm.html

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